Aunque No Veo… ¡Veo!

Posted by on Jul 28, 2009 in Artículos por Louise, Vida Práctica | 0 comments

louiseQue te parece estar frente a la televisión viendo una “entrevista exclusiva” de tu artista favorito, o más bien, si te encuentras viendo una película de suspenso, estupefacto sin tan siquiera pestañear y de repente sale el moderador interrumpiendo la parte más interesante con una pausa comercial, “Quédense con nosotros, que en breve regresamos con la continuación de…..” Si estabas en tu imaginación de viaje a las estrellas, ¡Con la pausa comercial te estrellaron!  Obvio que te incomodes y las protestas se hagan notorias, no es para menos…“Otra vez lo tenían que interrumpir cuando estaba en la parte más emocionante”.

Pues bien, de igual modo la vida muchas veces nos trae interrupciones inesperadas. Súbitamente se desata un sinnúmero de cosas no planeadas y  parece que todo está fuera de control… ¿Y ahora qué? Precisamente cuando las cosas van “viento en popa” y todo va en su curso normal y de acuerdo a lo planeado, es entonces cuando el carro se rompe, el niño se enferma, un familiar muere, cuando las cosas están mas apretadas económicamente te dan la noticia del día, “Estás despedido”.  A esto le llamo, “Pausas de la Vida” en donde no sabemos qué va a suceder después y darías cualquier cosa porque todo volviera a la supuesta “normalidad”.  No te has preguntado, “¿Dios, por qué me sucede esto a mí? ¿Acaso no estás viendo lo que está sucediendo en mi vida? ¿Te vas a quedar ahí sin hacer nada? ¿Y por qué no vienes en mi ayuda?” De igual modo me he hecho esas preguntas, especialmente cuando tuve que atravesar por siete (7) cirugías en los ojos.

Mi nombre es Louise Acevedo, nací en un hogar cristiano y mis padres fueron pastores por muchos años. A una temprana edad le abrí mi corazón al Dios que mis padres me presentaron y desde mi niñez se despertó en mí el deseo de conocerle a Él.

Desde la edad de 3 años mis padres detectaron que tenía serios problemas con la vista.  A esa edad me amarraban los espejuelos que eran del grueso del fondo de una botella. Lo primero que yo hacía en la mañana era ponerme los espejuelos y lo último en la noche era quitármelos. A pesar de ser una niña brillante en lo académico, en lo social y emocional estaba en serias dificultades. No tenía muchas amistades pues los que me rodeaban al verme con impedimentos y limitaciones me marginaban. Me llamaban por nombres degradantes y como resultado fui profundamente lacerada emocionalmente. De este modo fui creciendo llena de complejos e inseguridades, atrapada en mi propio mundo.

En la etapa de mi adolescencia ya me había resignado a aceptar las cosas en la forma distorsionada en que las veía. Luchaba contra todo y todos, y buscaba superarme, a pesar de mis temores, buscando significado a la vida.  A la edad de 18 años yo vi mi rostro por primera vez sin espejuelos y, fue en el tiempo en que se usaban lentes de contacto de cristal, me emocioné tanto, me miré al espejo y mientras me tocaba el rostro me decía a mí misma, “¡Así que ésta es Louise!”. Lamentablemente no pasó mucho tiempo cuando me di cuenta que mis ojos no se adaptaban al cristal así que comenzó la pesadilla.

Una noche desperté con un dolor fuerte en los ojos y gritando con desesperación buscaba la puerta de mi habitación. Parecía que me atravesaban los ojos con muchos alfileres. Los ojos se hincharon de tal manera que no los podía abrir. Esa noche mis padres, apresurados, me llevaron a la sala de emergencia y al otro día estaba en el consultorio de mi doctor quien me dijo que no podía hacer nada al respecto ya que mis ojos no toleraban los lentes de cristal pues laceraban la cornea. Pasé por mucha angustia y dolor y no quería volver a usar los “fondos de botella”. Y para colmo pasé por unos cuantos episodios más de esos de la cornea lacerada mientras trataba de adaptarme a las buenas o a las malas.

Más tarde mejoraron los contactos y un rayito de esperanza volvió a nacer en mí. Volví a intentarlo y pasó un tiempo en que la situación fue más llevadera. No fue hasta que empecé a notar que al transcurso de los años mi receta iba aumentando. El astigmatismo y la miopía eran progresivos. Fue entonces cuando decidí ir a los mejores especialistas.

Todas mis esperanzas se fueron al suelo cuando el médico después de hacer sus exámenes rompió mi silencio con una escalofriante noticia, “No podemos hacer nada por ti. No hay operación o algún otro tratamiento que detenga el progreso de la perdida de visión, así que eventualmente vas a quedar ciega”.  Salí del consultorio como si me hubieran echado un cubo de agua fría. Sentí que por un momento mi corazón dejó de latir, estaba turbada y desconcertada. Se me hacía difícil sostenerme sobre mis pies y mucho menos podía creer tan horrenda noticia. Las lágrimas rodaban por mis mejillas sin disimulo. A estas alturas me importaba poco si la gente me veía o no. Sentía que mi mundo se iba derrumbando. Todo mi ser se inundó con desesperación.  Había perdido mis esperanzas de vivir una vida normal como los demás.

“¿Acaso estaré atrapada el resto de mi vida en un mundo sin color? ¿Y ahora qué?  ¿Dónde está Dios cuando esto me está sucediendo? ¿Acaso yo le importo?”

He presenciado la Gloria de Dios durante los servicios de adoración o en campañas evangelísticas, incluso, una noche mi amiga que estaba en las mismas condiciones que yo recibió su sanidad y…. “¿Qué pasó conmigo? ¿Por qué Dios sana a unos y a otros no? ¿Acaso Dios me pasó por el lado y no me vio?  ¿Qué pasó? ¿Tiene esto sentido?”

¿Te has hecho las mismas preguntas?

Un día mi vecina me hizo mención de un oftalmólogo/cirujano que recién llegó a mi isla, San Tomas. Me insistió que debería de tratar una vez más y que no perdería nada con ir a una consulta en busca de una solución. Decidí ir, por su insistencia, pero en mi interior todo estaba herméticamente sellado con la idea de que no se puede hacer nada.  Para mi sorpresa el médico, después de evaluarme, me informó que había la posibilidad de que pudiera corregir el problema de la visión a través de un proceso quirúrgico, pero me advirtió que el nivel en que estaba mi condición era sumamente avanzada y yo estaba en riesgo. La grata noticia de que había una solución no me permitió analizar los riegos y consecuencias. No lo pensé dos veces, acepté el reto de la operación por encima de lo que pudiera suceder.

Ese fue el comienzo de una jornada dolorosa. Operación tras operación hasta llegar a la número siete. Dentro de mí no me daba por vencida pues quería y apreciaba el regalo de poder ver. Me decía a mí misma, “Es mejor morir intentando, que morir no haciendo ‘nada’”. En la primera operación mi cuerpo no aceptó la anestesia local, así que la operación fue a sangre fría. La segunda, tercera, cuarta quinta y sexta fueron un largo trecho en donde el dolor estaba presente, pero al mismo tiempo descubrí la otra cara del dolor. Dios tomó esa serie de procesos y retos y los convirtió en una escuela. Sí, dije “¡Una escuela!”, La escuela de Dios. Es allí donde aprendí unas lecciones muy valiosas que me marcaron por el resto de mi vida.

Quiero compartir no una teoría, sino una vivencia. ¿Qué cosa positiva puede salir de las cenizas del dolor? A continuación siete (7) verdades que salen de la jornada de siete (7) operaciones.

1. Dios no está tan interesado en cambiar mis circunstancias, sino Su interés es cambiarme a mí en medio de las circunstancias.

Todo el plan es de cambiarme a su imagen y así reflejar Su carácter.  Él quiere que yo refleje todo lo que es Él. Es en la cruda adversidad donde rendimos nuestra voluntad a Dios y le decimos “no como yo quiero sino como tú quieras”. Yo  estaba tan acostumbrada a vivir mi propia vida, a hacer las cosas a mi manera y tener el control de todo. En el momento en que perdí el control de mi vida por causa de las adversidades que se allegaron a mí, es cuando decido tornarme a Él para pedir que tome las riendas. Dios no me ve con todas las imperfecciones que tengo en el presente sino que Él ve el producto final de lo que va hacer de mí. Dios me quiere cambiar.

2. Dios quiere que le conozcas a Él no por referencia sino por experiencia.

Había escuchado acerca de Dios en la iglesia y por mis padres, pero tenía que llegar un momento en mi vida donde no necesitaría la referencia sino la experiencia. Mi propia vivencia traería como resultado una convicción indiscutible acerca de la persona de Dios. Yo sufrí perdidas, rechazo, pasé por frustraciones, y cuando no tenía nada a qué aferrarme, es cuando Dios decide revelarse de una manera única. La gente dice que “del dicho al hecho hay un largo trecho”. Se puede hablar todo lo que uno quiera en teoría, pero a la hora de la verdad, ¿qué te sostiene? Job sufrió muchas pérdidas en su vida, fue decepcionado por sus amigos y a la postre cuando no había nada a qué aferrarse, Dios quita la cortina de sus propios conceptos e ideales para manifestarse en forma extraordinaria. Es en ese preciso momento en que Job sale de la teoría a una vivencia indudable confesando “De oídas te había oído, pero ahora mis ojos te ven.”

3. Dios no te lleva mas allá de lo que puedas soportar.

En esta experiencia aprendí que Dios nunca permitirá nada para destruirte sino para construirte. Yo creía que no podría dar un paso más. No veía el fin del túnel. No veía mi amanecer. La noche era larga, solitaria y oscura… Me veía dentro del fuego de dificultades, pero lo único que las adversidades pueden destruir en nosotros es todo aquello que no lo refleja a Él. “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

4. Dios te valora aunque el hombre no te valore. Para Él, tú eres Su especial Tesoro.

Desde niña buscaba aceptación y quería ser valorada. Mi condición física echó al suelo mi auto estima. En esta experiencia de dolor aprendí que lo que soy y lo que valgo no depende de lo que el hombre opine sino de lo que Dios piensa y dice acerca de mí. El hombre puede tener un estéreotipo de lo que ellos piensan qué es bello, valioso, apreciable… etc. Pero el hombre está lejos de la verdad pues no puede ver como Dios ve. A través de esta experiencia sé, sin lugar a dudas, que Dios me ama con amor eterno. No tengo autoestima, pero tengo “Cristo-Estima”.

5. Dios es el único que sabe sacar lo positivo de lo negativo.

“Para los que aman a Dios todas las cosas le ayudan a bien”. ¿Valió la pena cruzar ese trecho?  Sí, valió la pena, porque a pesar de tener limitaciones para ver físicamente, mis ojos espirituales se abrieron a un mundo tan real en Dios que nunca antes había visto. Como resultado, se ha ido desarrollado una amistad estrecha con mi Dios. Dios es mi amigo.

6. Dios quiere que sepas que no estás solo y está cerca de ti cuando sufres.

“El Señor está cerca de los quebrantados de corazón.” Salmo 34:18 (BAD) La soledad que experimenté desde pequeña, al ser marginada y rechazada, ya no existe. Tener amistad con Dios se trata de una conciencia de Él en la vida diaria, Dios siempre está presente.

7. Dios permite la adversidad para subirte a otro nivel en Él.

¿Adónde me quiere llevar Dios en esta jornada de dolor? Bueno, imagina un águila que necesita rejuvenecer y se esconde en la alta roca para arrancar sus plumas y azotarse entre las rocas para empezar su proceso de cambios. Es un proceso sangriento, ¿verdad? Y, ¿quién tú crees que le alimenta durante esta etapa? No es otra que la que ya ha pasado por el proceso… Dios abre mis ojos a un mundo real en el eterno propósito de Él para que pueda extenderme a tocar a otros que sufren y necesitan. De este modo, Dios me concede la oportunidad de dispensar todo lo que Él me ha dado.

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción, dándoles el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios. Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo (el Mesías). 2 Corintios 1:3-5 (NBLH)

Por:  Louise Acevedo

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *