El Día Que Yo Morí

Posted by on Abr 7, 2012 in Artículos por Javier, Libertad | 0 comments

Ayer se celebró el llamado “Viernes Santo.” Muchos de los que no asisten a alguna congregación asistieron. En ese día se recuerda la muerte y crucifixión de Jesucristo hace dos mil años. Este fue un evento histórico trascedental en la historia del ser humano. Fue tan relevante tal evento que dividió el tiempo de la humanidad en “antes de” y “después de” Su muerte.

Aunque este fue un evento sin precedentes, tengo que compartir algunos de los efectos del mismo. Más allá de dividir el tiempo en dos. Más allá de haber pagado el precio por nuestra salvación. Este evento tiene unas consecuencias incalculables para los seres humanos que trastocan nuestras vidas trascendiendo el intelecto y la historia.

La vieja naturaleza fue acabada

Sabemos que nuestro antiguo ser pecaminoso fue crucificado con Cristo…” (Romanos 6:6 NTV) El ser humano había, por causa de Adán, adquirido una naturaleza que era incompatible con Dios. El pecado de Adán provocó que el germen del pecado fuera transmitido a todo el que nace en esta tierra. (Excepto Jesús porque fue concebido por el Espíritu Santo, no por algún hombre.)

Esto quiere decir que el ser humano nace con un alma distorsionada, afectada por el pecado. Esto lleva al ser humano a vivir independiente de Dios. Si Dios, que es la Vida, está fuera del panorama del ser humano, ¿Qué será lo que se vive?

Aclaro que cuando digo que Dios está fuera del panorama, me refiero a que el hombre no cuenta con Dios como fuente de vida. Esto incluye a los que han recibido a Cristo en sus vidas como a los que no le han recibido. El desconocimiento de que junto con Cristo la vieja naturaleza fue acabada produce que las personas no dependan de Dios para todo lo que viven. La vida diaria se convierte en una lucha porque se vive dependiendo de las habilidades y capacidades personales.

El saber y creer que la vieja naturaleza fue exterminada hace que se experimente la vida de Dios sin necesidad de lucha. Algunos no entenderán porque han sido enseñados en luchar para alcanzar las cosas. La vida de Dios no nos enseña a luchar, nos lleva a experimentar el descanso en un mundo de lucha. Si se trata de entender con el intelecto, se sufrirá de locura.

El exterminio de la vieja naturaleza es un hecho se crea o no. El creer hace que se experimente. El no creer no puede negar el hecho de que es así, pero evita el que se pueda vivir. Hay muchos que lo saben y hasta lo creen en sus cabezas, pero no se traduce en vida porque su intelecto y sentidos están muy desarrollados.

El pecado fue quitado

El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” (Juan 1:29 RVR60)

Así también, ustedes considérense muertos respecto al pecado, pero vivos para Dios en unión con Cristo Jesús.” (Romanos 6:11 DHH)

La muerte de Jesús produjo que el pecado fuera quitado del medio. No fue el pecado el que murió, yo morí con Jesús y por medio de esa muerte, el pecado no tiene ingerencia en mi vida. Soy libre del pecado.

Mi relación con Dios no es obstaculizada porque ya yo morí para el pecado. ¿Qué argumento puede tener el pecado contra mi vida si ya estoy muerto? ¿Qué ley terrenal se le puede aplicar a uno que está muerto? ¡¡¡NINGUNA!!! Así mismo, puedo vivir en libertad porque el acta de decretos que estaba en mi contra fue cancelada por causa de mi muerte junto con Cristo. (Colosenses 2:14; Gálatas 2:20)

La muerte fue derrotada

El enemigo más terrible era la muerte. La muerte es todo lo opuesto a la vida. Ésta se especializaba en atemorizar al ser humano porque después que se cesaba de vivir en la tierra no se sabía que pasaría. Se vivía en continuo temor.

Dios había preparado un plan tan espectacular que venció a la muerte con la muerte. A Satanás jamás se le hubiera ocurrido una cosa como esa. Él se caracterizaba por infundir miedo con la muerte. Sin embargo, hoy podemos celebrar la derrota de la muerte y del temor que causaba. El amor de Dios triunfó en manera categórica sobre la muerte y aquel que la usaba para impartir miedo.

Hoy puedo vivir con seguridad por el amor de Dios. Hoy puedo decir como Pablo, “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.” (Filipenses 1:21 RVR60)

La vida de Dios es experimentada

Mi muerte junto con la de Jesús permite que pueda participar de la vida eterna. O sea, que pueda experimentar aquí en la tierra la Vida que no tiene principio ni fin. Puedo “vivir” la experiencia de Dios en mi ser sin necesidad de cumplir con requisitos impuestos por seres humanos. Puedo saborear esa clase de vida que trasciende mis dificultades y defectos.

La vida de Dios gobierna mi ser y puedo participar de aquellos que están en ella también sin necesidad de estructuras que limitan el funcionamiento de sus miembros en libertad. Puedo apreciar la libertad que la Vida me da compartiendo la experiencia de ser iglesia en cualquier lugar. La vida de Dios me lleva a palpar la congregación de Dios tal y como lo hacía Él antes de la fundación del mundo.

Por medio de la muerte, la Vida de Dios no se enseña, ¡se vive!

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