En La Intimidad. . .

Posted by on Mar 14, 2012 in Artículos por Javier, Vida Práctica | 0 comments

El mundo está viviendo una contradicción. Esta contradicción se manifiesta en forma muy sutil. Las distancias en el mundo se han acortado gracias a las dos “T”, transportación y tecnología, pero se vive a la distancia. Tenemos la bendición de comunicarnos con alguien al otro lado del planeta, pero la deficiencia de intimidad con los que nos rodean ha aumentado.

Es irónico y triste que las comunicaciones nos permitan entablar una conversación con un extraño en otro país, pero no se pueda escuchar a los hijos que están al lado de uno. Se puede “chatear” con un desconocido, pero no se comparte con el cónyuge. Se pueden tener miles de “Friends” en Facebook, pero estamos ajenos a la necesidades de nuestros “amigos” cercanos.

Hoy me levanté y en mi espíritu retumbaban las palabras, “En la intimidad…” La intimidad escasea en estos días. Se teme a la intimidad porque en ella se revelan los secretos más ocultos. Se evita la intimidad porque en ella la vulnerabilidad nuestra sale a flor de piel y no hay mecanismos de defensa que puedan esconderla. Incluso se critica porque se ha malinterpretado y no se entiende. De la intimidad no se habla porque pone al descubierto los más grandes tesoros de los seres humanos corriendo el riesgo de ser maltratado y traicionado. Ahora, hay una realidad mayor concerniente a la intimidad.

En la intimidad. . .

. . . con Dios somos revitalizados. La vida de nuestro Dios es experimentada. Su vitalidad fortalece nuestras vidas aun en los momentos en que no tenemos fuerza alguna. Cuando esperamos en Su presencia íntimamente, su fuerza y poder cautivan libremente nuestras vidas de tal manera que nuestra debilidad es transformada en fortaleza.

En Él hoy espero.

. . . el amor de Dios sana las heridas más profundas causadas por nosotros mismos o por otros. Su amor sobrecoge nuestro ser provocando una explosión constructora que arma y une todos los pedazos rotos con un pegamento divino. Es mucho más que un toque que se pueda experimentar en un culto. Es una experiencia de transformación que levanta el peso de muchos años, que libera las cadenas del tiempo, que perfuma las heridas malolientes que supuraban dolor y rencor.

En Tu amor hoy soy construido.

. . . las relaciones se forman y se fortalecen. Dios nos llama hijos por Cristo en nosotros. La relación de Padre e hijos es formada y fortalecida por los momentos de intimidad. Las familias son formadas en la intimidad. No son familia los que viven “bajo el mismo techo”, las familias se forman en la medida en que se relacionan. Las familias son fortalecidas cuando sus miembros comparten cercanamente de tal manera que se conocen los defectos y virtudes sin que se afecte la relación íntima entre sus miembros. El amor impera cuando hay intimidad familiar.

Hoy me relaciono para ser formado.

. . . las diferencias se complementan. Los seres humanos somos muy dados a señalar las diferencias en muchos aspectos. Sin embargo, éstas realmente fueron hechas para que se complementen no para causar división. En las religiones se busca la uniformidad, en Cristo hay diversidad. Esta diversidad se disfruta cuando hay intimidad porque se entiende que las diferencias se complementan para cumplir con el propósito de Dios. El hombre y la mujer son diferentes fisiológicamente, pero esa diferencia produce hijos. Dios, siendo espíritu, se hizo hombre en Jesús. El espíritu y la carne son diferentes, pero unidos en Cristo formaron un cuerpo glorificado.

Hoy las diferencias no me dividen, me complementan.

. . . conocemos como somos conocidos. Las cosas más íntimas son descubiertas cuando la intimidad se produce. El conocimiento deja de ser intelectual. El conocimiento se da en el plano de la experiencia. Cuando aplicamos esto a Dios, nos damos cuenta que la perspectiva que teníamos de Él es alterada cuando intimamos. Los conceptos preconcebidos que teníamos se desmoronan. La transparencia domina en el conocimiento íntimo. No hay nada oculto porque hay una cercanía extrema. Ese conocimiento altera todas nuestras funciones porque crea una dependencia única.

Hoy quiero conocerte como Tú me conoces.

Te amo, Dios.

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