La Sencillez de Dios

Posted by on Ene 21, 2013 in Artículos por Javier, Vida Práctica | 0 comments

baby footTan pronto abro los ojos en la mañana mi mente es atraída hacia mi Dios. Mis labios pronuncian Su nombre y comienza un nuevo día de labores y relaciones. Me quedo por algunos segundos, a veces minutos, meditando y pronunciando el nombre del Señor en la cama mientras la oscuridad del cuarto se mantiene intacta.

El conocimiento de saber que Él está en mí y yo en Él me brinda una tranquilidad extraordinaria. Su seguridad me permite levantarme en quietud no importando lo que tenga planeado para el día. Hay días donde tengo más tiempo que otros para quedarme en la cama, pero no hay sentimiento de culpa por estar algunos días más tiempo que otros susurrando el nombre del Señor.

Años atrás me hubiera sentido mal y hasta culpable por haber días donde no saco por lo menos media hora para “orar“. La gracia de nuestro Dios me ha enseñado en la práctica que dirigir mis pensamientos hacia Dios y esperar en Su nombre es una experiencia sumamente profunda.

Anteriormente acostumbraba a tomar tiempo para orar y leer la Biblia antes de irme a trabajar. Era tiempo bueno. El problema que tenía era que había ocasiones donde lo hacía por “compromiso“. Me sentía bien hasta que se presentaba el primer problema del día y por ahí se iba en muchas ocasiones el “tiempo devocional” que había tenido.

Trataba de mantenerme “espiritual” durante el día, pero era una lucha constante con los pensamientos y sentimientos. Por un lado quería “agradar” a Dios con mis hechos, pero por otro lado fracasaba en el intento y la culpa se apoderaba de mí.

Realmente cada día era una lucha constante. No quiero que se malinterprete lo que quiero compartir. No estoy hablando en contra de los que sacan su tiempo para tener devoción con el Señor. Quiero compartir una práctica tan sencilla que hasta el que se considera “poco espiritual” puede realizar.

Yo nunca me he considerado una persona bien espiritual y siempre trataba de serlo. Lamentablemente siempre fracasaba. Cuando conocí la verdadera gracia de Dios hace casi seis años atrás, comencé a aprender que la gracia nos lleva a la sencillez. Dios es sumamente sencillo.

Jesús dijo que Él es nuestro alimento. Él dijo que es nuestra bebida. Él dijo que es nuestro descanso. Él dijo que es nuestra puerta. Él dijo que es nuestro camino. Él dijo que es nuestra entrada. Él dijo que es nuestra salida. Él dijo que es nuestra vida.

Todos éstos son aspectos cotidianos que no conllevan un alto grado de preparación. Comer, beber, caminar, recostarse son aspectos sencillos de la vida. Cualquiera que esté saludable puede realizarlo sin ningún problema. Así mismo se puede profundizar en Dios llevando a cabo actos sencillos que cualquier creyente con hambre de Dios puede realizar.

Algunos segundos meditando y pronunciando Su nombre es más sencillo que tratar de sacar “tiempo devocional“. Además, no hay limitación de lugar para hacerlo. En la prisa del trabajo, en la sobrecarga de tareas hogareñas, mientras se va manejando el automóvil, en el mercado comprando víveres, en fin, en cualquier lugar puedes sacar algunos segundos para re-enfocar tus pensamientos hacia Él y pronunciar Su nombre.

La forma de pronunciar Su nombre tiene un efecto. No estoy hablando de decir el nombre de Jesús, estoy hablando de susurrar el nombre de Jesús. Quiero aclarar que no estoy dando una fórmula para experimentar a Dios y Su presencia. Estoy compartiendo algo tan sencillo como susurrar el nombre de Jesús y esa experiencia producirá un efecto eterno en nuestras vidas.

Al principio no sentirás nada, pero a medida que lo practiques te garantizo que Su Espíritu comenzará a producir una experiencia de vida sencillamente profunda. La dependencia en Él crecerá.

No te preocupes por el tiempo. Unos segundos concentrados en Él por amor tienen un efecto mucho más profundo que minutos u horas haciendo algo por compromiso.

Durante la eternidad pasada la Trinidad pasaba el “tiempo” compartiendo amor mutuo. Enfocar los pensamientos en Jesús y susurrar Su nombre cualquiera puede hacerlo, hasta un niño. La profundidad de Dios es sencilla…

Te invito a meditar y susurrar Su nombre hoy… después me cuentas.

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