Marinados en Él

Posted by on Abr 21, 2012 in Artículos por Javier, Libertad | 0 comments

Una de las características de la religión es que demanda cambios de actitudes y conductas de aquellos que pertenecen a ella. Aun en el cristianismo se espera unas conductas por parte de aquellos que profesan la misma. Esas expectativas causan una presión inmensa en aquellos que son parte y los hacen miserables porque nunca alcanzan el nivel de “perfección” que se requiere. Es una búsqueda constante y una lucha permanente.

Mi experiencia

Antes de pasar por la experiencia que marcó una nueva vida en mí después de estar cerca de 27 años en el evangelio, las expectativas de “ser santo” habían producido en mí un deseo genuino de modificar aquellas cosas que “no le agradaban a Dios.

Traté de muchas maneras de “consagrarme” para Dios de tal forma que mi vida reflejara a Cristo. Quería con todas las fuerzas de mi alma echar a un lado el carácter impulsivo que asediaba mi ser y en muchas ocasiones me sentía cautivo de él.

Maltraté a mucha gente y menosprecié a otros sin intención de hacerlo, pero me sentía aprisionado y cautivado. Casi todos los días había un sentimiento de culpabilidad que hacía que rechazara lo que hacía. Pero mientras más lo rechazaba, más lo hacía.

Leí libros, oré, estudié la Biblia, asistí a retiros, ayunos, le pegué a las paredes, en fin, hice todo lo que se le puede imaginar con el propósito de “cambiar” aquellas cosas que a Dios no le agradaban de mí y que me hacían sentir miserable aunque había aceptado a Cristo como salvador.

Claro que nadie sabía mis luchas internas porque eso hubiera significado que “mi ministerio” sufriera porque el “hombre de Dios” no puede ser de esa forma, según dicen.

La verdad es que se ha enseñado y se enseña erróneamente que si quieres “tener victoria” o ser “victorioso” tienes que luchar y tratar con más fuerzas. Si estás orando quince minutos, tienes que orar treinta. Si estás asistiendo al culto tres días a la semana, tienes que asistir cinco. Y así se sigue provocando el que se trate con más “determinación” para tratar de parecerse a Cristo.

Semana tras semana se motiva a los cristianos a “ser como Cristo” en todo lo que hacen. Para los que oyen eso ya es normal esa motivación. Esta motivación semanal parte de una premisa falsa. La premisa falsa es que se cree que lo que yo haga va a producir que sea más como Cristo. Orar más, leer la Biblia más, asistir a más cultos, ayunar más, diezmar más jamás producirá que sea más como Cristo. Esta es la verdad.

Entonces, ¿qué puedo hacer?

Absorbidos por Su Vida

Ayer estuve comiendo y compartiendo a Cristo con mis amigos. Comimos unas chuletas a la jardinera que estaban sabrosas. Mientras comíamos, la persona que cocinó compartió cómo había dejado marinando las chuletas de un día para otro con todos los ingredientes que utilizó para que absorbieran bien el sabor de los ingredientes que usó para condimentarlas.

A medida que estábamos comiendo, vino a mi mente una similitud de las chuletas marinándose con nuestras vidas en Cristo. Esas chuletas no tuvieron que hacer algo para absorber el sabor, sólo estuvieron sumergidas en los ingredientes y eso provocó que absorbieran un sabor único y especial. Ese sabor fue disfrutado por todos lo que participamos de ellas.

En 2 Corintios 3:18 dice, “El Señor, quien es el Espíritu, nos hace más y más parecidos a él a medida que somos transformados a su gloriosa imagen.

Todo el que ha nacido de arriba, ha sido “sumergido” en la persona de Cristo. Los méritos, destrezas y habilidades espirituales, si alguna, de la persona no hacen que uno se sumerja. El creer en Jesús hizo que fuéramos, dice Pablo Colosenses 1:13, “trasladados” al reino de Cristo. El reino de Cristo es Él mismo. Fuimos sumergidos por y en Él.

Nuestras vidas están “marinándose” en Él haciendo que Su sabor sea producido en nosotros sin la necesidad de tratar de obtener ese sabor. A medida que le conocemos íntimamente, su carácter se va formando en nosotros. Esa Vida en nosotros hace que tengamos conciencia de Su sabor.

En el pasaje de Corintios que está arriba vemos que es el Espíritu quien realiza la labor de transformarnos. Mientras le contemplamos y nos enfocamos en Él, “su ingrediente celestial“, Cristo, está siendo absorbido por nuestro espíritu.

Filipenses 1:11 dice, “Que estén siempre llenos del fruto de la salvación —es decir el carácter justo que Jesucristo produce en su vida— porque esto traerá mucha gloria y alabanza a Dios.” (Énfasis añadido)

Jesús es quien produce el fruto en nosotros. Estamos en Él, estamos marinándonos en Él. Su sabor, su carácter, su Persona está absorbiéndose por nuestras vidas sin la necesidad de esfuerzo humano. Él en nosotros y nosotros en Él.

El resultado de estar marinados en Él es el siguiente:

Demos gracias a Dios, quien por medio de Cristo nos lleva siempre en su desfile triunfal. A través de nosotros, esparce por todas partes el conocimiento acerca de él, como si fuera una suave fragancia. Nosotros somos el incienso de suave fragancia que es ofrecido a Dios por medio de Cristo.” (Énfasis añadido)

Somos hoy como una suave fragancia que perfuma con el aroma de Cristo porque somos en Él y Él en nosotros.

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