No Trates, Confía

Posted by on Jun 3, 2012 in Artículos por Javier, Vida Práctica | 0 comments

Tratar de vivir la vida cristiana es la forma más segura para no vivirla. Esta vida maravillosa y abundante que Cristo mostró no depende de las fuerzas, esfuerzos y compromiso de aquellos que la reciben por fe.

Por siete años yo supe de la vida de caminar bajo la gracia de Dios. Sin embargo, no “conocía” cómo se hacía porque no había pasado por la experiencia de vivirla. La doctrina se sabía, pero faltaba la experiencia. Traté de mezclar lo que había experimentado por muchos años con lo que aprendí de la gracia. Demás está decirle que no funcionó.

Cuando yo escuché de depender de la vida de Dios, pensé que yo sabía porque creía que era tratar con más compromiso y entrega. Pensé equivocadamente que era luchar con la “armadura del espíritu” según yo pensaba que era esa armadura.

Mi formación errada en el evangelio me llevó a esforzarme más, pero disfrutaba menos al Señor. Claro que cuando vivía eso no aceptaba que me sentía así. Yo decía, “Estoy en victoria.”

El mal ignorado

Pero si yo sé que lo que hago está mal, eso demuestra que estoy de acuerdo con que la ley es buena.  Entonces no soy yo el que hace lo que está mal, sino el pecado que vive en mí.” Romanos 7:16-17

Voy a explicar por qué tratar de vivir la vida cristiana es la forma más segura para no vivirla. El evangelio verdadero son buenas noticias porque se fundamenta en lo que Cristo hizo a favor nuestro y con nosotros en mente.

El pasaje en Romanos nos dice que aunque la ley es buena, tenemos una desventaja e imposibilidad y es que el pecado vive en nosotros. Ese pecado no permite que se pueda llevar a cabo o cumplir con los requerimientos de la ley. Dios sabía eso cuando le dio la ley a Moisés.

Quiero tomar unas líneas para explicar tres cosas que ocurrieron cuando Adán pecó y de esa manera podremos entender mejor lo que quiero decir. Cuando Adán peca:

  1. El espíritu muere. Cesan las funciones de aquello que fue creado para contener la vida eterna, o sea, la vida de Dios misma.
  2. El alma se deforma y desde entonces trata de sustituir las funciones del espíritu. Esto hace que el alma se infle y el ego del ser humano toma el lugar de lo que le correspondía a Dios. Se empieza a vivir una vida de independencia de Dios fundamentada en el bien y el mal.
  3. El cuerpo se transforma en carne y la naturaleza de Satanás empieza a residir en el cuerpo del ser humano. La manifestación de esa naturaleza es el pecado.

Cuando Cristo muere y resucita restablece el orden divino para el ser humano. El espíritu es resucitado con Él y el alma toma su forma correcta porque la naturaleza pecaminosa transmitida por Adán es destruida en la cruz. El pecado, la naturaleza adámica y el espíritu muerto hacían que Dios no pudiera habitar en nosotros. Pero cuando Cristo muere y resucita, redime todo nuestro ser.

El cuerpo es lo único que falta por llevar a su total redención porque mientras se viva en esta tierra sin haber pasado por la transición de la muerte, el pecado vive en el cuerpo. Ese pecado posee la naturaleza angelical y la misma es más fuerte que el hombre.

Quiero aclarar que en la cruz Cristo acabó con el poder y consecuencia del pecado. Sin embargo, mientras estemos en este cuerpo de carne, el mismo reside en el cuerpo.

Por eso es que Pablo dice que el bien que quiere hacer no lo hace y el mal que no quiere hacer es lo que termina haciendo. El pecado tiene una naturaleza más alta que la nuestra. Es una naturaleza angelical porque Satanás es un ángel.

Ahora podemos entender el clamor de Pablo en Romanos 7:24, “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” Noten que él no dice ser librado del alma o el espíritu, sino del cuerpo. Él sabía que su cuerpo era la habitación del pecado.

¿Cuál es el remedio?

Cristo es el remedio. Jesús nos lleva a depender del Padre en todo lo que hacemos. La carne, donde vive el pecado, siempre va a llevar a uno a tratar de vivir la vida. La vida de Dios en nosotros siempre nos llevará a confiar y depender de “Aquel que es más poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros.” (Efesios 3:20)

La carne empuja al ser humano, creyente o no creyente, a tratar de vivir con sus propias fuerzas. Es por eso que muchos aunque hayan recibido la vida de Dios en ellos, siguen viviendo con sus fuerzas y energías. Se “gastan para Dios” sin saber que hay una mejor forma.

Entonces, ¿Cómo se puede vivir?

Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz.” Romanos 8:5-6

Si se trata de vivir con la fuerzas propias, aunque se diga Dios me ayuda, es una derrota segura. Vivir “para” Dios es vivir en la carne. La expresión más usada en el Nuevo Testamento es “en Cristo.” No es vivir “para” es vivir “en.”

Los que son del Espíritu, piensan en las cosas del Espíritu. Esta es la forma de “andar” en el Espíritu. El resultado de estar enfocado en Dios es vida y paz. Mientras traté de vivir para Dios, fracasé. Ahora vivo una realidad superior porque es Cristo en mí. Me enfoco en Él y Él vive en mí.

No trates de hacerlo porque fracasarás. Deja que el amor de Dios te cubra y Su vida te irá llevando en ese caminar de gracia en Dios.

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