Procesados para Libertad

Posted by on Mar 9, 2012 in Artículos por Javier, Vida Práctica | 0 comments

Los procesos en la vida nos marcan. Pueden marcarnos positiva o negativamente. Nuestras acciones, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, todos son afectados por diferentes procesos que se han vivido. Éstos pueden fortalecernos para enfrentar los eventos que se presentarán en nuestro caminar. Otros nos debilitarán de tal forma que provocarán la huída ante cualquier evento que nos haga recordar ese que nos debilitó.

De cualquier manera, Dios usa esos procesos para seguir formando a Cristo en nuestro ser. Los procesos son ineludibles, pero en muchas ocasiones, por no decir siempre, quisieran ser evitados. La religión nos enseñó a orar para evitar pasar y librarnos de los procesos por miedo a ser marcados y transformados. Jesús oró, “Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya.” ¡Qué diferencia! En su humanidad, el deseo del Hijo era evitar pasar por la cruz, pero su relación con el Padre lo llevaba a decir, “No mi voluntad, la tuya.”

La religión ha presentado a un Dios mago y esto ha producido que no se conozca al Dios de los procesos. Oro y mis problemas se resuelven. Oro y el enfermo se sana. Oro y aparece dinero para pagar mis cuentas. Oro y aparece un trabajo. Puede sonar como que no creo en la oración. Creo en la oración como creo que mi vida está segura en Dios.

Lo que ocurre es que la oración no es una “varita mágica” que Dios usa para conceder todos nuestros caprichos. La oración nos lleva a depender y estar en sintonía con Dios. La oración permite que conozcamos al Dios de los procesos y podamos confiar en Sus designios no importando la situación.

Es como la experiencia de los tres jóvenes hebreos cuando dijeron, “Si nos arrojan al horno ardiente, el Dios a quien servimos es capaz de salvarnos. Él nos rescatará de su poder, su Majestad; pero aunque no lo hiciera, deseamos dejar en claro ante usted que jamás serviremos a sus dioses ni rendiremos culto a la estatua de oro que usted ha levantado.” (Daniel 3:17-18)

La oración nos lleva a confiar en Dios aunque no entendamos los procesos. Es interesante ver a través de la Escritura que Dios hizo todo por medio de Cristo, pero a través de procesos. Dios tenía la capacidad de hacer todo lo visible en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, decidió hacer todo en seis días. Él pudo formar a Eva sin tener que sacar la costilla de Adán, pero decidió pasar por el proceso. Saltando en la historia, Él pudo redimir al mundo sin tener que enviar a Su Hijo y sacrificarlo, pero decidió procesarlo para salvarnos y atraernos a Él.

De igual manera, podría seguir dando ejemplos viendo cómo Dios es un Dios de procesos, no mago.

El ayer

La Biblia narra la historia cuando María Magdalena fue al sepulcro a ver el cuerpo de Jesús y encontró la tumba vacía. En ese momento, llorando y triste porque pensó que se habían llevado el cuerpo del Maestro, mira y ve a un hombre parado, pero no lo reconoció pensando que era el jardinero. Él le pregunta por qué llora y ella le contesta que buscaba el cuerpo de Jesús. De momento, Él la llama por su nombre, “¡María!” En ese momento ella reconoce que era el Maestro. Inmediatamente se mueve para agarrarlo y abrazarlo. Jesús le dice las siguientes palabras, “No te aferres a mí.”

María pensaba que Jesús era el mismo de hacía tres días atrás. No se había percatado que Jesús había pasado por un proceso. Se veía igual, pero no era igual. Muchas veces nos pasa que vemos a las personas igual que antes, pero no nos hemos dado cuenta que no son los mismos. Han sido procesados.

María quería “aferrarse” al Jesús de antes, pero Jesús la detuvo. En muchas ocasiones nos aferramos a los sitios, a las personas, a las costumbres y rutinas. Esto evita que podamos participar de lo que ya ha sido procesado. Los recuerdos del ayer se convierten en anclas que no permiten el avance hacia lo que Dios ha preparado para nosotros. Nos “aferramos al Cristo histórico” evitando de esa forma que “participemos del Cristo resucitado.”

María quería seguir experimentando al Jesús que estuvo “con” ella. No se daba cuenta que haciendo eso no podría experimentar a Jesús “en” ella. Las experiencias del ayer pueden evitar que no disfrutemos el hoy. Cuando nos aferramos al ayer, el hoy no se puede apreciar. Los miedos fundamentados por dolores pasados no permiten que nos movamos hoy al deleite que hay en el Cristo resucitado.

Levemos ancla y movámonos libremente en el hoy. No nos aferremos a recuerdos que atormentan y experiencias que torturan. Pongamos nuestra mirada en el Dios de los procesos. De esta forma, el poder de la resurrección de Cristo nos llevará a experimentar una liberación no vivida anteriormente. Esto permitirá que podamos compartir la vida del Procesado, Cristo, con otros. Haciendo eso, ellos serán también liberados del ayer.

Adopto hoy las palabras del apóstol Pablo cuando dijo, “Me concentro sólo en esto: olvido el pasado y fijo la mirada en lo que tengo por delante, y así avanzo hasta llegar al final de la carrera para recibir el premio celestial al cual Dios nos llama por medio de Cristo Jesús.” (Filipenses 3:13-14)

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