Su Amor, Sin Condiciones

Posted by on Abr 3, 2012 in Artículos por Javier, Libertad | 0 comments

Si el SEÑOR no me hubiera ayudado, pronto me habría quedado en el silencio de la tumba. Clamé: «¡Me resbalo!», pero tu amor inagotable, oh SEÑOR, me sostuvo. Cuando mi mente se llenó de dudas, tu consuelo renovó mi esperanza y mi alegría.” (Salmos 94:17-19 NTV)

El amor de Dios es transformador. El poder y la fuerza que tiene el amor ha sido subestimado por muchos. Se ha pensado en muchas ocasiones que el amor no es suficiente.

No hay en el universo algo más poderoso que el amor de Dios. El salmista habla de que estaba pasando por un momento de desesperación como nosotros pasamos. Momentos donde no se ve la luz al final del camino y la esperanza va desapareciendo poco a poco. Momentos donde la fe parece no funcionar. Momentos donde los pensamientos de confusión se apoderan de nuestra mente y la incapacidad impera en nuestras acciones porque no sabemos qué hacer. O por lo menos nos sentimos así.

Hay situaciones en nuestras vidas donde gritamos como él, “¡Me resbalo!“, y se siente como que estamos cayendo en un precipicio sin fin. Una caída donde todos parecen indiferentes ante nuestra situación. Nos sentimos solos y olvidados.

Sin embargo, el amor inagotable de nuestro Dios nos está sosteniendo a cada instante. El no percibirlo hace que creamos que Él también se olvidó de nosotros. Pero esa no es la realidad. Su amor nos sostiene y produce una transformación inigualable.

Dónde estamos

Las instituciones eclesiásticas te dicen que ante la adversidad pelees y luches para que salgas de donde te encuentras. Incluso, te hacen sentir que estás donde estás porque algo hiciste mal en el camino o tomaste alguna mala decisión.

Éstas te brindan ayuda y consuelo si sales de dónde estás. Una de las condiciones para ayudarte o mostrarte amor, según ellos, es que tomes la decisión de salir del hoyo en el cual te metiste.

Hoy en día la invitación de las congregaciones locales es, “Ven y visítanos.” Cuán diferente es el amor de Dios. El amor de Dios va donde estamos. No pone condiciones. No exige venir, Él va. No importa donde estemos, el amor inagotable de Dios nos alcanza en el hoyo más profundo sin preguntar o cuestionar el por qué estamos ahí.

El amor de Dios se manifestó tanto en Jonás como en Sadrac, Mesac y Abed-nego. Su amor nos alcanza y expresa su verdad sin importar las causas para estar donde estemos. Algunos dirán que Jonás fue desobediente y que los jóvenes hebreos fueron fieles. Para Dios no hay diferencia porque Su amor trasciende la barrera de nuestras acciones. Esto es muy difícil de entender para algunos. Pero es que en el amor de Dios sobran las razones.

“¿Quién nos podrá separar del amor de Dios?” Ni siquiera nuestras acciones pueden detener la fuerza arrolladora de Dios hacia nosotros. Él nos alcanza donde estemos no tomando en consideración cómo llegamos allí.

Cómo estamos

Otra de las condiciones que las instituciones eclesiásticas le ponen a sus miembros es que tienen que cambiar porque ahora no pueden comportarse como antes. El amor de Dios es tan distinto. En la forma cómo estamos, el amor del Padre nos recibe. En Su amor no hay exigencias de cambio. Su amor nos absorbe y somos transformados en Él. La transformación que se da es el resultado de Su presencia, no una condición para ella.

La transformación no es un requisito, es un resultado de Su poder. Algunos piensan que tienen que cambiar esto o aquello antes de disfrutar la profundidad del amor de Dios. Hablo de los que no han recibido a Cristo en sus vidas y de los que le han recibido también. Hay quienes le han hecho creer que tienen que cambiar antes de recibir a Cristo. Piensan que su cambio de actuar es lo que produce que Dios los ame. ¡Qué equivocados están!

También hay quienes están en las congregaciones locales y no se atreven a acercarse a Dios en su relación con Él porque piensan, o le han hecho creer, que tienen que “consagrarse” antes de poder estar cerca de Dios en su relación.

La realidad es que Jesús es nuestra consagración. No tengo que cambiar para deleitarme en el amor del Padre. Cristo en nosotros es suficiente. “Pero Javier, ¿No se supone que seamos santos?” La contestación es que con Dios no se supone nada. La santidad no es un cambio de conducta por parte de los que reciben a Jesús en sus vidas. La santidad es una persona, Cristo. Él en nosotros nos hace santos. Y como dije antes, aun los que no le han recibido son amados cómo están.

Quiere decir que el amor de Dios nos sostiene como estemos. Otra vez, sé que ésta es una verdad difícil de digerir para algunos, pero aun así, Su amor es suficiente.

Las instituciones religiosas exigen que cambies dónde y cómo estás, pero el amor del Padre es manifestado no importando nuestra condición.

Su amor no se agota y siempre fluye porque no hay fuerza en el universo mayor que SU AMOR.

Te amo, Dios. Gracias por amarme dónde estoy y cómo estoy.”

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