Un Círculo de Pasión

Posted by on Mar 24, 2012 in Artículos por Javier, Libertad | 0 comments

La forma en que uno ve, percibe o visualiza a Dios, determina la manera en que uno se relaciona con Él. Recientemente me preguntaba, ¿Cómo estaba Dios antes de crear alguna cosa? ¿Cómo sería Dios antes de que existiera algo, incluso los ángeles?

Toma un momento y trata de contestar estas preguntas antes de seguir leyendo. He hecho esta pregunta a algunas personas, incluyendo a mis estudiantes, y la mayoría me han contestado que Dios estaba solo y se sentía solo. Por eso creó al ser humano. Otros han dicho que estaba aburrido porque no tenía “algo” que hacer. Éstos dicen que creó al hombre para no aburrirse. Y creánme, si fuera así, definitivamente dejó de aburrirse con nosotros. Otros han dicho que sencillamente Dios estaba haciendo nada.

En fin, las contestaciones han sido variadas. Aunque se ha mantenido a través de las respuestas la creencia de que la ausencia de algo o alguien provocara soledad. Si Dios llena todo en todos, (Efesios 1:23; 4:6) ¿Cómo puede sentirse solo Aquél que lo llena todo? ¿Aquél que está completo?

Hoy quisiera compartir una perspectiva diferente que creo que será refrescante para aquellos que la puedan ver.

Cuando pensamos en Dios partiendo del pensamiento humano, definitivamente vamos a creer que antes que hubiese algo, Él se sentía solo y aburrido. Cuando el ser humano se encuentra solo y no tiene algo que hacer, en muchas ocasiones se siente solo y aburrido. Dios no es como el ser humano.

Además, la ausencia de cosas visibles no es sinónimo de soledad y, ¿Quién dijo que no había algo que hacer? La relación divina es sumamente dinámica y activa. El Padre, Hijo y Espíritu Santo estaban bien ocupados intimando en el círculo de vida divina.

Dios es una comunidad en sí mismo. Él es tres en uno y uno en tres. En la eternidad pasada, antes que Dios creara algo, Él vivía en comunidad consigo mismo. El Padre compartía con el Hijo, el Hijo se relacionaba con el Espíritu, los tres se disfrutaban de una manera única y especial. Era un deleite mutuo e incomparable. Una relación de amor y disfrute como no hay en la tierra. La soledad y el aburrimiento ni siquiera estaban en consideración en esa relación de amor.

La experiencia más extraordinaria que podamos haber experimentado aquí no se compara con la relación que había, y todavía hay, en la Trinidad. Dios es un Dios relacional. La camaradería, unidad y amor que existen en Él son incomprensibles por la mente humana. Sólo el espíritu del hombre, unido con el Espiritu de Dios, puede entender tal relación. (1 Corintios 2:12)

Llega un momento en esa eternidad de Dios que el Padre comparte con el Hijo y el Espíritu, “¿Qué ustedes creen si hacemos un ser como nosotros con quien podamos compartir esta experiencia de amor inigualable que existe entre nosotros? Pero vamos a llevarlo al extremo. Nosotros estamos en la realidad invisible, hagamos una esfera visible y en ella haremos nuestra creación de amor.

Me imagino a Jesús contestándole, “Papá, a la verdad que tú tienes unas ocurrencias.” El Padre le contesta, “Hijo, nuestra naturaleza nos empuja a compartir este deleite de amor con alguien porque es incontenible.

Mientras tanto el Espíritu meditaba y dijo, “Bueno, si vamos a hacerlo, yo me ofrezco para que esa creación cobre vida por medio de mí. Padre, tú hablas a Jesús y yo me encargo de darle forma a las cosas por medio de Él. Va a ser una experiencia maravillosa.

Dios no estaba aburrido ni solo. Vivía sumergido en un río de pasión inigualable. Esa misma pasión lo llevó a crear. Tú y yo fuimos concebidos en la mente de Dios antes de que creara siquiera los ángeles. (Salmo 139:16)

Esta visión de un Dios apasionado por ti y por mí permite que podamos acercarnos sin temor a que nuestras acciones vayan a provocar castigo de su parte hacia nosotros. Dios está enfocado apasionadamente por nosotros. Esta es una realidad que transforma nuestra manera de pensar y de actuar.

Mucho se ha dicho sobre los propósitos de Dios para nuestras vidas, pero muchos de ellos se quedan cortos o excluyen la realidad pasional de nuestro Dios. Dios nos creó para que fuéramos parte de ese círculo íntimo que existía en Él antes de la creación. La Trinidad estaba pasándola tan bien que no podían quedarse con eso para ellos exclusivamente.

Y en el plan que diseñaron estaba la realidad del sacrificio del Hijo por nuestro pecado. Esto no fue una obligación o sacrificio que provocó el que Jesús dijera, “Pues, Papi, si hay que hacerlo, yo lo hago.” Por el contrario, Jesús estaba gozoso de hacerlo. Puede parecer ilógico, pero la realidad es que aunque fue un proceso extraordinariamente doloroso, Jesús lo hizo con gozo. (Hebreos 12:2) Estaba provocando el que su creación máxima, tú y yo, fuéramos parte de ese círculo de intimidad y amor.

La verdad es que un Dios así es demasiado para nuestro entendimiento. Teniendo un Dios así, mejor dicho, el que un Dios así nos tenga es maravillosamente excitante.

Hoy somos parte de ese círculo de intimidad y pasión divina. (2 Pedro 1:4) El saber y experimentar esta realidad causa que saltemos de alegría. Los pesares, angustias, tribulaciones, dolores y preocupaciones pasan a un segundo plano cuando la revelación de esta relación se hace realidad en nuestro ser. Las palabras me faltan cuando escribo para expresar lo que estoy sintiendo. Tomo una pausa para procesar lo que ocurre en mi espíritu a medida que escribo cada palabra en este día.

Esta es una realidad sencilla, pero a la misma vez demasiado profunda para dejarla pasar por alto hoy.

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